Familia sin nombre
Familia sin nombre Clary de Vaudreuil tendría unos veinte años cuando principiaron los sucesos que nos proponemos relatar. Su talle elegante, su espesa cabellera, casi negra, sus grandes ojos, muy ardientes, su fresca y sonrosada tez y su fisonomía algo grave, la hacían más hermosa que linda, más imponente que atractiva, como sucede con ciertas heroínas de Fenimore Cooper. Era fría y reservada por costumbre, o, para explicarnos mejor, toda su vida estaba concentrada en el único amor que había experimentado hasta entonces: el amor a su país.
Y, en efecto, Clary de Vaudreuil era una verdadera patriota.
Durante el período de los movimientos insurreccionales que se produjeron en 1832 y en 1834, siguió de cerca las diversas fases de la rebelión. Los jefes de la oposición la consideraban como la más valiente de las numerosas jóvenes cuya adhesión era sin límites respecto a la causa nacional; así es que cuando los amigos políticos de su padre se reunían en la villa de Montcalm, Clary tomaba parte en sus conferencias, no mezclándose en ellas sino con pocas palabras, siempre discretas; pero escuchaba, observaba y despachaba la correspondencia que se sostenía con los Comités reformistas. Todos los franco-canadienses tenían en ella la más absoluta confianza, porque la merecía, y la más respetuosa amistad, de la que era digna.