Familia sin nombre
Familia sin nombre Un extranjero hubiera, sin fijarse mucho en ello, conocido que esos pescadores eran de Acadia, por las formas de su lenguaje y por la pureza de su tipo conservado en esa Nueva Escocia, en donde tanto se ha desarrollado la raza francesa. Remontando la escala de las edades, se encontraría con seguridad entre sus antepasados a algunos de aquellos proscritos que medio siglo antes habían sido diezmados por las tropas reales, y de los que Longfellow ha cantado las desgracias en su encantador poema Evangelina. En cuanto al oficio de pescador, es tal vez, el mejor mirado en el Canadá, y sobre todo en las parroquias de la ribera, en la que se cuenta de diez a quince mil barcas pescadoras y más de treinta mil marinos que explotan las aguas del río y de sus afluentes.
La embarcación de que hemos hablado antes contenía un sexto pasajero, que, aun cuando iba vestido como sus compañeros, no tenía de pescador más que el traje. Nadie hubiera podido sospechar que bajo aquel disfraz se ocultaba el joven que durante cuarenta y ocho horas había sido el huésped de los dueños de la villa Montcalm. Era, en efecto, Juan Sin Nombre.
Durante su estancia en aquella morada se cuidó mucho de no descubrir el incógnito que ocultaba su nombre y su familia. Juan fue el único que le dieron el señor y la señorita de Vaudreuil.