Familia sin nombre
Familia sin nombre —El dÃa será rudo hoy, —dijo Pedro—, sobre todo si el viento cae a la hora de la siesta.
—SÃ, —respondió Miguel—; y ¡ojalá el demonio se llevara los mosquitos y los cÃnifes negros, cuya picadura es insufrible!
Los hay a millares en esta playa de Santa Ana.
—Hermanos, pronto terminarán los calores y gozaremos de las dulzuras del verano indio.
El que acababa de dar a sus compañeros esa fraternal calificación, era Juan. Y tenÃa razón alabando la hermosura del indian summer del Canadá, que se verifica más particularmente en los meses de Septiembre y de Octubre.
—¿Pescamos esta mañana, —le preguntó Pedro Harcher—, o continuamos remontando el rÃo?
—Echemos las cañas hasta las diez, —respondió Juan—. Después vamos a vender el pescado a Matane.
—Entonces demos una bordada hacia la punta de Mons, —replicó el patrón del Champlain—. Las aguas son allà mejores, y volveremos sobre Matane durante la pleamar.
Tendieron las escotas, y la embarcación orzó, bien apoyada por la brisa, mientras que la corriente la empujaba por la cala, y se dirigió en lÃnea oblicua hacia la punta de Mons, situada en la orilla septentrional del rÃo, cuya anchura mide en ese sitio nueve o diez leguas.