Familia sin nombre

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Las tempestades de Noreste no son allí, desgraciadamente, raras, aun en el verano: bien sea que no duren sino dos o tres horas, o que se desencadenen durante una semana entera, traen siempre consigo, las heladas brumas del Golfo e inundan el valle con lluvias torrenciales.

Eran los ocho de la noche. Pedro Harcher no se había equivocado a la vista de ciertas nubes, agudas como flechas, diciendo que iba a haber borrasca y que el tiempo apremiaba para buscar un abrigo en la orilla septentrional.

Cinco o seis leguas, a lo sumo, separan Rivière-du-Loup de la embocadura del Saguenay; pero costó mucho trabajo recorrerlas. Un golpe de aire se lanzó como una tromba en el Champlain cuando estaba, a la tercera parte del camino, haciéndose preciso reducir el velamen al bajo rizo; y, sin embargo, la balandra se vio acometida de tal modo por el viento, que hubo temores de que los mástiles se rompiesen al nivel del puente. La superficie del río, agitada como debía serlo el mar en el Golfo, se levantaba en olas enormes, que pegaban contra la roda del Champlain y lo cubrían por completo. Era, un tiempo muy duro para una embarcación de una docena de toneladas; pero su tripulación tenía mucha sangre fría y era hábil en la maniobra.


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