Familia sin nombre

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Juan supo entonces cuáles eran las últimas disposiciones adoptadas por las autoridades de Quebec.

—En primer lugar, mi querido Juan, —le dijo Sebastián Gramont—, ha corrido el rumor de que estuvisteis aquí hará cosa de un mes. Muchas pesquisas se hicieron para descubrir vuestro retiro, y hasta vinieron a mi casa, en donde decían que habíais estado. A ese propósito recibí la visita de varios agentes, y entre otros la de cierto Rip…

—¡Rip! —exclamó Juan con voz ahogada, como si este nombre hubiera quemado sus labios al pronunciarlo.

—Sí; el jefe de la casa Rip y Compañía —respondió Sebastián Gramont—, y no olvidéis que ese polizonte es de los más peligrosos.

—¡Peligroso! —murmuró Juan.

—Es preciso que desconfiéis de él, —añadió Sebastián Gramont.

—¡Desconfiar! —replicó Juan—. ¡Sí, hay que desconfiar, porque es un miserable!

—¿Le conocéis?

—Le conozco, —replicó Juan que había recuperado su sangre fría—; pero él a mí no.

—¡Esto es lo más importante! —añadió el abogado, algo sorprendido por la actitud de Juan.


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