Familia sin nombre
Familia sin nombre Sebastián Gramont, desde que conocí a Juan, había reflexionado muchas veces respecto a la conducta de éste, y sospechaba que existía en la vida del joven patriota un sufrimiento del que no adivinaba la causa, pues guardaba con él una reserva tal, que hasta evitaba darle la mano cuando se veían. El abogado no le preguntó nunca nada, diciéndose que cuando conviniera a su amigo confiarle sus secretos, estaría siempre pronto para escucharle y consolarle, si necesario fuese.
Durante las pocas horas que estuvieron juntos, ambos no hablaron más que de la situación política. El abogado participó a Juan el estado de los espíritus en el Parlamento, y éste a su vez puso a Sebastián Gramont al corriente de las medidas ya tomadas, en previsión de un próximo levantamiento; la formación de un Comité de concentración en la villa Montcalm, los resultados de su viaje en el Alto y el Bajo Canadá, no quedándole ya sino recorrer el distrito de Montreal para acabar su campaña propagandista.
El abogado le escuchó con extremada atención y auguró favorablemente de los progresos que la causa nacional había hecho durante las últimas semanas, pues no existía ni una aldea ni un pueblo en el que no se hubiera repartido dinero para comprar armas y municiones, y que no esperara la señal de la insurrección para tomar en ella parte activa.