Familia sin nombre

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—El mismo clero lo aviva también, —replicó Sebastián Gramont—. En público y en particular, en los sermones como en las conversaciones, nuestros sacerdotes predican en contra de la tiranía anglosajona. Hace algunos días que, aquí mismo, en la catedral, un joven predicador se ha atrevido a hacer un llamamiento al sentimiento nacional, y sus palabras han tenido tal resonancia, que el ministro de Policía ha querido mandarlo prender. Mas por prudencia, lord Gosford, deseoso de atraerse al clero canadiense, se ha opuesto a tal rigor, contentándose con obtener del Sr. Obispo que ese sacerdote saliese de la ciudad (como lo ha hecho), y ahora prosigue su misión en las parroquias del condado de Montreal. Es un verdadero tribuno de la cátedra sagrada; posee una elocuencia que arrastra las masas y no le detiene ninguna consideración personal. Seguramente que ese joven sacrificaría, en pro de la causa nacional, su libertad y hasta su vida.

—¿Y decís que ese sacerdote de quien habláis es joven? —preguntó Juan.

—Apenas tendrá treinta años.

—¿A qué Orden pertenece?

—A los sulpicianos.

—¿Y cómo se llama?

—El abate Joann.

¿Evocó este nombre un recuerdo en el espíritu de Juan?


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