Familia sin nombre
Familia sin nombre Sebastián Gramont debió pensarlo asà porque el joven patriota quedó silencioso durante algunos instantes, y después se despidió del abogado y se marchó, no obstante las instancias de éste para que se quedase en su casa hasta el dÃa siguiente.
—Mil gracias, mi querido Gramont, —dijo—. Importa mucho que me reúna a mis compañeros antes de la medianoche, porque tenemos que partir durante la marea alta.
—Id, pues, Juan, —respondió el abogado—. Que vuestra, empresa tenga o no éxito, siempre seréis uno de los que más habrán trabajado en favor del paÃs.
—¡Nada habré hecho mientras esté bajo el yugo de Inglaterra! —exclamó el joven patriota—; y si algún dÃa llegara a libertarle, aun a costa de mi vida…
—Os deberÃa eterno agradecimiento, —respondió Gramont.
—¡Nada me deberÃa!
Tras estas palabras, ambos amigos se separaron, y después de volver al Champlain, que estaba anclado a poca distancia de la orilla, Juan y sus compañeros siguieron la corriente hacia Montreal.