Familia sin nombre

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VII

DESDE QUEBEC A MONTREAL

A media noche, la balandra había andado ya algunas millas. Pedro Harcher maniobraba con toda seguridad en medio de la noche, alumbrada por la luna llena, aun cuando tenía que correr algunas bordadas, porque el viento, que soplaba del Oeste, no era más que una fresca brisa.

El Champlain no se detuvo hasta poco tiempo antes de amanecer. Ligeras brumas ocultaban a la vista, en aquel momento, las anchas praderas que se hallaban más allá de los ribazos; pero pronto la cima de los árboles, agrupados más allá, salió por encima de esos vapores que el sol empezaba a disolver, y el curso del río se hizo más visible.

Numerosos pescadores habían empezado ya su faena, arrastrando sus redes y sus cañas a remolque de esas pequeñas embarcaciones que no abandonan casi nunca el alto curso del San Lorenzo o sus afluentes de la derecha y de la izquierda. El Champlain se perdió en medio de esta flotilla, entregada a sus matutinas ocupaciones, entre las riberas de los condados de Port-Neuf y de Lothinière.

Los hermanos Harcher se pusieron también al trabajo, después de haber echado el ancla del lado septentrional. Necesitaban algunas banastas de pescado para ir a venderlo en los pueblos en cuanto la marea permitiese remontar el río a pesar de la corriente.


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