Familia sin nombre
Familia sin nombre Espesas nubes cubrÃan el cielo, y la oscuridad era tan profunda, que se hacÃa imposible distinguir las orillas ni en el Sur.
Un poco antes de media noche, Pedro Harcher, de guardia en la proa, divisó una luz que brillaba en lontananza.
—Será sin duda el farol de un buque que sigue la corriente, —dijo Remigio, quien habÃa ido a juntarse con su hermano.
—¡Atención a las redes! —replicó Santiago—; hay treinta brazas fuera y se perderÃan si ese buque nos cogiera de costado.
—Pues bien, naveguemos a estribor, —dijo Miguel—; a Dios gracias, el espacio no nos falta.
—No, —respondió Pedro—; pero el viento no nos ayuda y vamos a perder el rumbo.
—Más valiera recoger las redes, —dijo Tony—; serÃa más seguro…
—Tienes razón, no perdamos tiempo, —replicó Remigio.
Los hermanos Harcher se preparaban a retirar sus artefactos a bordo, cuando Juan les dijo:
—¿Estáis ciertos de que lo que veis es un buque que se deja conducir por la corriente?
—No, puedo asegurarlo, —respondió Pedro—; pero, sea lo que fuere, se aproxima con mucha lentitud y la luz está muy cerca del agua.