Familia sin nombre

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El sermón, más bien pudiéramos decir la arenga patriótica del abate Joann, duró unos tres cuartos de hora, y entusiasmó de tal modo a sus oyentes, que, si no hubiese sido por la santidad del lugar, ruidosos y prolongados aplausos se hubieran escuchado.

La población de Chambly procedía, en efigie, a la ejecución del miserable.

La fibra nacional había sido profundamente conmovida por la elocuente palabra de aquel orador sagrado.

Causará tal vez extrañeza el que las autoridades no pusieran freno a aquellas predicaciones en que la propaganda reformista se hacía desde la cátedra del Espíritu Santo; pero semejante extrañeza desaparecerá al considerar que era difícil encontrar en ellas una provocación directa a la insurrección, y que el púlpito gozaba de una libertad que el Gobierno no quería atacar sino con gran reserva.

Concluido el sermón, Juan se retiró a un rincón de la iglesia, mientras que la gente salía. ¿Quería, tal vez, darse a conocer a Joann, apretarle la mano y cambiar con él algunas palabras antes de reunirse con sus compañeros en el cortijo de Chipogán? Sí; sin duda. Ambos hermanos no se habían visto hacía algunos meses, porque cada cual iba por su lado para cumplir la misma obra de patriótica abnegación.


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