Familia sin nombre

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En aquella época, el clero católico poseía en el Canadá una influencia real, desde el doble punto de vista social e intelectual, considerándose allí a los sacerdotes como personas sagradas. Era la lucha de las antiguas creencias católicas, traídas por el elemento francés desde el origen de la colonia, con los dogmas protestantes que los ingleses procuraban introducir en todas las clases de la sociedad. Los feligreses se reconcentraban en derredor de sus curas, verdaderos jefes en sus parroquias; y la política, que tendía a desprender las provincias canadienses de las manos anglosajonas, no era extraña a aquella alianza del clero y de los fieles.

El abate Joann, lo sabemos ya, pertenecía a la orden de los sulpicianos; pero lo que el lector ignora tal vez, es que esa orden, poseedora de una parte del territorio, desde el principio de la conquista saca de él, aun en la actualidad, importantes rentas. Varias servidumbres, creadas principalmente en la isla de Montreal, en virtud de derechos señoriales que le habían sido concedidos, por Richelieu[2], se ejerce siempre en provecho de la Congregación. De esto resulta que los sulpicianos forman en el Canadá una corporación tan honrada como poderosa, y que los sacerdotes, siendo los propietarios más ricos del país, son, por lo mismo, los que gozar de más influencia.


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