Familia sin nombre

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El predicador empezó su sermón. En todo cuanto decía respecto a Dios, se adivinaba lo que quería decir en pro de su país. Sus alusiones al estado actual del Canadá eran propias para apasionar a sus oyentes, cuyo patriotismo no esperaba más que una ocasión para manifestarse. Sus gestos, su palabra y su actitud, producían sordos estremecimientos, entre la gente que llenaba la iglesia, cuando invocaba el socorro divino contra los expoliadores de las libertades públicas. Parecía que su vibrante voz sonaba como un clarín, y que su brazo extendido agitaba, desde lo alto del púlpito, la tan deseada bandera de la independencia.

Juan, oculto en la sombra, escuchaba; le pareció que hablaba él por la boca de su hermano; y es que las mismas ideas, las mismas aspiraciones, movían a aquellos dos seres, tan iguales por el corazón. Ambos luchaban por su país, cada cual a su manera; el uno por la palabra, el otro por sus actos, igualmente prontos los dos a toda clase de sacrificios.






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