Familia sin nombre
Familia sin nombre —Pues bien; si no le habéis visto nunca, caballero, se os presenta la ocasión de conocerle. Ha recorrido todos los condados del Oeste, y por todas partes se han apresurado para oÃrle. Si podéis retrasar por una hora vuestra partida, veréis el entusiasmo que despierta en los ánimos.
—Os sigo, pues, —respondió Juan.
Y ambos entraron en la iglesia, costándoles algún trabajo hallar un sitio en donde colocarse.
Las preces habÃan concluido, y el predicador acababa de subir al púlpito.
El abate podÃa tener unos treinta años, a lo sumo. Su fisonomÃa era apasionada, su mirada penetrante, su voz sonora y persuasiva; se parecÃa a su hermano, siendo, como él, imberbe. En ellos se hallaban las caracterÃsticas facciones de su madre. Viéndole, lo mismo que escuchando sus palabras, se comprendÃa la influencia que el abate Joann ejercÃa sobre el público, atraÃdo por su fama. Orador de la fe católica y de la fe nacional, era un apóstol, en el verdadero sentido de la palabra, un hijo de esa fuerte raza de misioneros, capaces de verter toda su sangre por confesar sus creencias.