Familia sin nombre
Familia sin nombre Imposible es pintar lo que pasaba en el alma de Juan, oyendo hablar de su madre y de todas las desgracias de su vida, enfrente de las ruinas de la casa destruida, en la que se efectuó el último acto de la traición, y en donde fueron presos los compañeros de Simón Morgaz. Era más de lo que puede soportar la naturaleza humana, y era preciso que Juan estuviera dotado de una extraordinaria energÃa para contenerse y no dejar escapar de su pecho un grito de angustia.
Y el anciano proseguÃa:
—Lo mismo que a la madre he conocido también a los hijos. Se parecÃan mucho a ella. ¡Ah, qué lástima de familia…!
¿En dónde estarán? Todos aquà los querÃamos mucho por su buen carácter, su franqueza, su excelente corazón. El mayor era ya muy serio y muy estudioso; el pequeño, más alegre y más determinado, tomaba siempre el partido del más débil contra el más fuerte. Éste se llamaba Juan, y el otro Joann, precisamente lo mismo que el joven sacerdote que va a predicar.
—¡El abate Joann! —exclamó Juan.
—¿Le conocéis?
—¡No, amigo mÃo, no! He oÃdo hablar de sus sermones.