Familia sin nombre
Familia sin nombre Alta, encorvada más bien por el dolor que por la edad, la forastera podría tener en la actualidad unos cincuenta años. Debajo del velo, que la envolvía medio cuerpo, se ocultaba una cara que debía de haber sido bella, una frente despejada, y grandes y rasgados ojos negros. Sus cabellos eran completamente blancos, y su mirada como impregnada por las huellas de lágrimas, largo tiempo detenidas.
En lo presente, el carácter de aquella fisonomía, en otro tiempo dulce y sonriente, presentaba una energía sombría y una implacable voluntad.
Sin embargo, si la curiosidad pública se hubiera aplicado con más cuidado a vigilar la Casa Cerrada, hubiera adquirido la prueba de que no estaba prohibida la entrada a toda visita, pues tres o cuatro veces al año, siempre de noche, la puerta se abría tan pronto para uno como para dos forasteros, que no descuidaban ninguna precaución para llegar o para marcharse sin que nadie los viera.
¿Quedaban allí algunos días, o solamente algunas horas?
Nadie lo hubiera podido decir.
Partían antes del amanecer, y ninguno de los vecinos del pueblo pudo sospechar nunca que aquella mujer tuviese relaciones fuera del lugar.
Esto fue lo que precisamente sucedió hacia las once de la noche del 30 de Septiembre de 1837.