Familia sin nombre
Familia sin nombre Nadie conocía, pues, en San Carlos a la extranjera, mejor pudiera decirse a la reclusa. Doce años antes había llegado allí para ocupar aquella casa que habían comprado para ella a muy bajo precio, pues el Municipio, a quien pertenecía, deseaba vender tal inmueble, y hasta entonces no había encontrado comprador.
Un día se supo en el pueblo que la nueva propietaria había llegado de noche a su morada, en la que nadie la había visto entrar.
¿Quién la había ayudado a transportar su modesto mobiliario?
Nadie lo sabía.
Tampoco tomó sirvienta para el cuidado de la casa.
Su vida cenobítica no había variado en lo más mínimo desde su aparición en San Carlos. Las paredes de la Casa Cerrada eran las de un claustro, cuya entrada estaba prohibida a todos.
Los habitantes del pueblo no procuraron tampoco penetrar los secretos de la existencia de aquella mujer. Durante los primeros días que siguieron a su instalación, se admiraron, sí, de su modo de vivir; algunas suposiciones se hicieron respecto a la dueña de la Casa Cerrada, pero luego dejaron de ocuparse de ella; y como se mostraba siempre caritativa con los pobres del país, esto le valió la estimación general.