Familia sin nombre

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Una mujer, siempre sola, siempre vestida de negro, y cubierta con el largo velo de crespón de las viudas. Raras veces dejaba su casa, como no fuera los domingos, para asistir a los oficios, o si alguna compra indispensable la obligaba a salir, en cuyo caso esperaba, para verificarlo, que anocheciese, se dirigía por las calles más oscuras, siguiendo a lo largo de las casas, entraba en la tienda, hablaba en voz baja muy pocas palabras, pagaba sin regatear, y volvía a su morada con la vista fija en el suelo e inclinando la cabeza como una pobre criatura que tuviera vergüenza de que la vieran.

Cuando iba a la iglesia, era a la misa del alba, colocándose en el rincón más oscuro; allí se arrodillaba, y reconcentrándose en sí misma, debajo de los pliegues de su velo negro, su inmovilidad era espantosa, y hubiérasela podido creer muerta si dolorosos suspiros no se hubieran escapado de su pecho.

Que aquella mujer no padeciera los horrores de la miseria, ya se comprendía; pero era, con seguridad, un ser muy desgraciado.

Una o dos veces, algunas buenas almas se habían acercado a ella para ofrecerle sus servicios, dirigiéndole palabras de simpatía; pero ella, recogiendo más estrechamente contra su cuerpo su traje de luto, se echaba vivamente hacia atrás, como si temiera inspirar horror a aquellas personas compasivas.


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