Familia sin nombre

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En aquel jardín crecían diversas verduras, entre las que vegetaban árboles frutales, perales, avellanos y manzanos, sin más cuidados que los de la naturaleza.

Una mujer siempre vestida de negro.

Un corralito, tomado del jardín y contiguo a la casa, encerraba cinco o seis gallinas, que daban la cantidad suficiente de huevos para el consumo diario.

El interior de aquella morada no contenía más que tres habitaciones con gran modestia amuebladas, sin otra cosa que lo más estrictamente necesario. Una de aquellas piezas, la primera o, la izquierda de la entrada, servía de cocina, y las demás, a la derecha, eran los cuartos de dormir. El estrecho corredor que las dividía establecía una comunicación entre el patio y el jardín.

¡Sí! Aquella casa era humilde y miserable, pero se conocía que sus moradores querían vivir en tales condiciones de miseria y humildad. Los habitantes de San Carlos no se equivocaban pensándolo así; pues si algún mendigo llamaba a la puerta de la Casa Cerrada (así la llamaba el pueblo), jamás sucedía que se fuera sin recibir una corta limosna. La Casa Cerrada hubiera podido llamarse Casa Caritativa, porque se ejercía allí la caridad a todas horas.

¿Quién vivía allí?


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