Familia sin nombre
Familia sin nombre La tarde era magnÃfica, y la atmósfera, templada, no se veÃa turbada por el áspero soplo del Noroeste, tan pernicioso en toda estación cuando azota el valle del San Lorenzo. En la sombra de un square se distinguÃa, alumbrada por la claridad de la luna, la pirámide triangular levantada en recuerdo de Wolfe y de Montcalm, muertos en un mismo dÃa.
HacÃa por lo menos una hora ya que el Gobernador general y los otros tres altos personajes que le acompañaban conversaban respecto a la gravedad de una situación que les obligaba a estar siempre alerta. Los sÃntomas de un próximo alzamiento eran por demás visibles, y convenÃa, por lo tanto, que estuviesen prontos a cualquier eventualidad.
—¿De cuántos hombres podéis disponer? —acababa de preguntar lord Gosford a sir John Colborne.
—De un número, por desgracia, demasiado corto, —respondió el general—; y necesito parte de las tropas que componen la guarnición para fuera del condado.
—Precisad el número, comandante.
—Puedo poner a vuestra disposición cuatro batallones y siete compañÃas de infanterÃa, porque me es imposible quitar hombre ninguno a las guarniciones que ocupan las ciudadelas de Quebec y de Montreal.
—¿Qué artillerÃa tenéis?
Conversaban el Gobernador y los otros tres personajes que le acompañaban.