Familia sin nombre
Familia sin nombre —Voy al cortijo de Chipogán, en el condado de Laprairie, —contestó el valiente reformista—. Allà es donde volveré a encontrar a mis compañeros para que tomemos las últimas disposiciones… en medio de una de esas fiestas de familia que nos están prohibidas, madre mÃa; esas buenas gentes me han acogido como si fuese su hijo; darÃan basta su vida por mÃ; y, sin embargo, si supieran quién soy yo, que nombre es el mÃo… ¡Ah! ¡Cuán mÃseros somos, pues nuestro solo contacto es una mancha! Pero ni ellos, ni nadie, sabrán nunca…
Juan cayó de nuevo en su asiento, ocultó la cara en las manos, agobiado por la vergüenza que se le hacÃa cada dÃa más pesada.
—¡Alza, hermano! —dijo Joann—. ¡Ésta es la expiación! ¡Cobra ánimo para sufrir! ¡Levántate y partamos!
—¿En dónde volveré a veros, hijos mÃos? —preguntó la pobre madre.
—Aquà ya no, —respondió Juan—. Si triunfamos, dejaremos los tres el paÃs. Iremos lejos… muy lejos, a un sitio en el que no podamos ser conocidos. ¡Si devolvemos al Canadá su perdida independencia, que no sepa nunca que lo debe a los hijos de un Simón Morgaz! ¡No, que no lo sepa nunca!
—¿Y si todo se pierde? —repuso Bridget.
—En ese caso, madre mÃa, no nos veremos ni aquà ni en ninguna parte. ¡Habremos muerto!