Familia sin nombre
Familia sin nombre Conviene observar, sin embargo, que este reproche no hubiera podido aplicarse al gerente del cortijo de Chipogán.
Tomás Harcher era demasiado práctico en su oficio, era servido por un personal demasiado inteligente, y tomaba con demasiada honradez los intereses de su amo para merecer jamás esa calificación de asesino del terreno. Su granja pasaba, con razón, por un modelo de explotación agronómica en una época en que la rutina hacÃa ley, como si la agricultura canadiense estuviese atrasada en doscientos años.
El cortijo de Chipogán era, pues, uno de los mejor cuidados del distrito de Montreal. Los métodos de amielga impedÃan que la tierra se empobreciese; no se contentaban con dejarla descansar en barbechos, sino que se variaban las siembras, lo que daba excelentes resultados. En cuanto a los árboles frutales colocados en un huerto que encerraba las diversas especies que prosperan en Europa, eran podados y cuidados con esmero. Todos daban exquisitas frutas, menos el albaricoquero y el melocotonero, que dan mejores resultados en el Sur del Ontario que en el Este de la provincia de Quebec. Pero las demás castas honraban al arrendador, en particular los manzanos, que producen esas frutas de pulpa rojizas transparente, conocida con el nombre de famosas.