Familia sin nombre
Familia sin nombre Ambos formaban, como vulgarmente se dice, una hermosa pareja, y gozaban de tan perfecta salud, que prometían contarse más adelante entre los numerosos centenarios cuya longevidad honra al clima canadiense.
Hubieran podido reprochar tal vez una cosa a Catalina Harcher; mas todas las mujeres del país lo merecen como ella, si se han de creer los comentarios de la opinión pública.
En efecto, si las canadienses son buenas mujeres de gobierno, es con la condición de que sus maridos cuiden de la casa, hagan las camas, pongan la mesa, desplumen los pollos, ordeñen las vacas, hagan la manteca, monden las patatas, enciendan el fuego, frieguen la vajilla, vistan a los niños, barran la casa, limpien los muebles y hagan la colada. Sin embargo, Catalina no llevaba hasta ese extremo el espíritu de dominación que hace al esposo el esclavo de su mujer en la mayor parte de las casas de la colonia. No; para que seamos justos, es preciso que reconozcamos que tomaba su parte del trabajo diario, y Tomás Harcher se sometía con gusto a su voluntad y a sus caprichos. ¡Y qué hermosa familia le había dado su Catalina, desde Pedro, el patrón del Champlain, hasta el último bebé, que contaba sólo algunas semanas, cuyo bautizo iba a celebrarse aquel día!