Familia sin nombre

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Tomás Harcher tenía cincuenta años en dicha época; descendía de aquellos atrevidos pescadores que un siglo antes fueron los primeros colonos de la Nueva Escocia; era, por consiguiente, de origen francés, y había nacido en Acadia. Constituía el tipo perfecto del cultivador canadiense, de aquel que llaman en la campiña norteamericana, no el aldeano, sino el habitante.

Era el arrendador de Chipogán de alta estatura, y tenía los hombros anchos, lo mismo que el pecho, los miembros vigorosos, la cabeza fuerte, los cabellos apenas tenían canas, la mirada viva, los dientes blancos y firmes, la boca grande, como conviene a todo el que por causa de su trabajo necesita copioso alimento, y poseía también una amable y franca fisonomía, que le atraía buenas amistades en los pueblos circunvecinos; tal era, en suma, el buen Tomás Harcher, lo que no impedía que fuera también buen patriota, enemigo implacable de los anglosajones, siempre pronto a cumplir con su deber en defensa de la patria.

En vano hubiera buscado el arrendador en todo el valle del San Lorenzo una compañera mejor que su esposa Catalina, de edad entonces de cuarenta y cinco años, fuerte como su marido, y como él también joven aún de cuerpo y de espíritu: tenía, en verdad, algo de rudeza en las facciones y en el porte; pero era buena y trabajadora, en fin, la madre, como él era el padre, en toda la acepción de la palabra.


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