Familia sin nombre

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En una esquina, en el mismo patio que se hallaba delante de la casa y por detrás comunicando con el huerto, las dependencias formaban una escuadra, apoyándose en las empalizadas del recinto. En éstas se encontraban las cuadras, los establos, las cocheras y los graneros. Luego se veían los corrales, en los que pululaban esos conejos de América, cuya piel, dividida en tiras y tejida, sirve para hacer una tela de mucho abrigo; y muchas de esas gallinas de los prados, llamadas fasanielles, que se multiplican con más abundancia en el estado doméstico que en el salvaje.

La gran sala del piso bajo era sencilla, pero cómodamente amueblada con enseres de fabricación americana. Allí era en donde la familia almorzaba, comía y pasaba las veladas. Lugar muy conveniente para los Harcher de todas las edades que gustaban de encontrarse juntos después que habían concluido sus cotidianas ocupaciones. Nadie se admirará, pues, de que una biblioteca de libros usuales ocupase el primer lugar, y el segundo un piano, en que tocaban los domingos, muchachas y muchachos, valses o rigodones franceses, que bailaban cada cual a su vez.

La explotación de este cortijo exigía, no hay que dudarlo, un numeroso personal, y Tomás Harcher lo había encontrado en su propia familia, no habiendo en Chipogán ni un solo criado asalariado.


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