Familia sin nombre
Familia sin nombre Juan y Clary volvieron entonces sobre sus pasos a través de los bosques umbrÃos y tranquilos, cuyos árboles estaban agrupados en la ribera. Nada estorbaba su marcha, pues las malezas y las ramitas de los matorrales en los bosques canadienses, en vez de arrastrarse por el suelo siempre crecen en lÃnea recta. De cuando en cuando el hacha de un leñador retumbaba al pegar contra el tronco de añosos árboles; algunos tiros se dejaban oÃr a lo lejos, o aparecÃan algunos gamos huyendo de los cazadores; pero ni éstos ni los leñadores salÃan de la espesura, y en medio de una soledad profunda la señorita de Vaudreuil y Juan caminaban hacia el cortijo.
Pronto iban a separarse… ¿En qué sitio volverÃan a verse? El corazón de ambos jóvenes se apretaba pensando en su próxima separación.
—¿No pensáis volver a la villa Montcalm? —preguntó Clary.
—La casa del señor de Vaudreuil debe de ser objeto de particular vigilancia, —respondió Juan—, y, en su mismo interés, más vale que nuestras relaciones queden ignoradas.
—Sin embargo, podéis encontrar un asilo en Montcalm…
—No; más fácil es burlar las persecuciones en medio de una gran ciudad, y en ese caso más seguridad me ofrecerÃan las casas de Vicente Hodge, de Andrés Farran o de William Clerc, que la villa Montcalm…