Familia sin nombre
Familia sin nombre —¡Pero no mejor acogida! —replicó la joven.
—Lo sé, y nunca olvidaré que durante los pocos dÃas que he pasado a vuestro lado, el señor de Vaudreuil y vos, señorita, me habéis tratado como hijo y como hermano.
—Hemos cumplido con un deber sagrado, —respondió Clary—. ¡Estar unidos por un mismo sentimiento patriótico es estarlo también por la sangre! Hasta me parece que siempre habéis formado parte de mi familia. Y ahora, si estáis solo en el mundo…
—¡Solo en el mundo! —repitió Juan inclinando la cabeza.
¡SÃ, solo… solo…!
—Pues bien; después del triunfo de nuestra causa, nuestra morada será la vuestra. Mientras no llegue ese dichoso dÃa, comprendo que busquéis un retiro más seguro que Montcalm; lo encontrareis con seguridad, porque ¿cuál es el canadiense que no abrirÃa su puerta a un proscrito…?
—Ninguno es capaz de tal cosa, lo sé, —replicó Juan—; ninguno tampoco serÃa capaz de venderme…
—¡Venderos! —exclamó la señorita de Vaudreuil—. ¡No…! ¡El tiempo de las traiciones se acabó! ¡Ya no se encuentra en todo el Canadá ni un Black ni un Simón Morgaz…!