Familia sin nombre

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Este nombre, pronunciado con horror, hizo subir el rubor de la vergüenza a la frente del joven, que tuvo que volver la cabeza para ocultar su turbación.

Clary de Vaudreuil de nada se enteró; pero al fijar después su mirada en el rostro de su compañero, vio que expresaba un sufrimiento tan grande, que le dijo llena de solícita inquietud:

—¡Dios mío…! ¿Qué tenéis?

—¡Nada… no es nada! —respondió Juan—. Palpitaciones que me atacan alguna que otra vez…, y durante las que parece que mi corazón va a estallar… Pero ya se acabó.

Clary le miró fijamente, como para leer hasta el fondo de su pensamiento.

El joven repuso entonces, para mudar el curso de una conversación tan dolorosa para él:

—Lo más prudente será refugiarme en un pueblo de uno de los condados más cercanos, desde el que seguir comunicándome con el señor de Vaudreuil y sus amigos.

—Sin alejaros mucho de Montreal, sin embargo, —dijo Clary.

—No, pues es muy probable que la insurrección principie en las parroquias próximas a esa ciudad. Y, además, poco importa adónde vaya yo.

—El cortijo de Chipogán puede ser que sea para vos el asilo más seguro, —repuso Clary.


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