Familia sin nombre

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Sin embargo, ¿no hubiera encontrado en la intimidad de la señorita de Vaudreuil los únicos consuelos que le hubieran ayudado a soportar el peso de su horrible existencia? Durante el poco tiempo que había pasado en la villa Montcalm, su corazón se había sentido invadido por esa ardiente simpatía que inspiraba a la joven, y que él experimentaba para ella. ¡Pero no! ¡Era imposible, desgraciado! Si algún día Clary llegara a saber de quién era hijo… ¡le rechazaría horrorizada!

¡Un Morgaz! No le quedaba más recurso que hacer lo que había dicho a su madre en el caso en que Joann y él sobreviviesen a esta última tentativa: desaparecer. ¡Sí! Después de cumplir con su deber, la deshonrada familia se iría lejos; tan lejos, que jamás se volvería a oír hablar de ella. Silenciosa y tristemente, Clary y Juan volvieron al cortijo.

A eso de las cuatro de la tarde, un gran tumulto se oyó delante de la puerta del patio; era el coche que volvía, saludado por los gritos de alegría de los convidados; en él venían, con el señor de Vaudreuil, el notario y su joven pasante.

¡Qué recibimiento se hizo al amable notario de Montreal! Acogida en verdad de que era merecedor; tan felices eran por su visita en el cortijo de Chipogán.

—¡Felices días, Sr. Nick, muy felices! —exclamaban los hijos mayores, mientras que los medianos le daban abrazos y los pequeños se agarraban a sus piernas.


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