Familia sin nombre
Familia sin nombre —Si, amigos mÃos, yo soy, —dijo sonriendo—; yo en cuerpo y alma. Pero haya calma; no es necesario romper mi traje, para aseguraros de mi identidad.
—¡Vamos, chiquillos, basta ya! —exclamó Catalina.
—En verdad que estoy encantado de veros y de verme también en casa de mi querido cliente Tomás Harcher.
—Señor Nick, ¡qué bueno sois! Os agradezco infinito el haberos incomodado para venir aquÃ, —respondió el cortijero.
—¡Bah! De más lejos hubiera venido si hubiese sido necesario, hasta de más allá del fin del mundo, del sol, de las estrellas. ¡SÃ, Tomás, de las estrellas!
—Es demasiado honor para nosotros, señor Nick, —dijo Catalina—, indicando a sus once hijas que hicieran una reverencia.
—Y para mà un placer. ¡Ah, señora Catalina, os conserváis siempre hermosa…! Veamos. ¿Cuándo dejaréis de rejuvenecer?
—¡Nunca, nunca! —exclamaron a una los quince hijos de la arrendadora.
—Es preciso que os dé un abrazo, señora Catalina, —repuso el Jovial notario—: ¿Me lo permitÃs? —dijo a Tomás después de haber aplicado dos sonoros besos en las mejillas de su vigorosa esposa.