Familia sin nombre
Familia sin nombre —Clary de Vaudreuil, no podemos prever el porvenir; espero, sin embargo, que los acontecimientos favorecerán nuestra causa. Pero lo mejor que pudiera sucederme serÃa el sucumbir defendiéndola…
—¡Sucumbir vos…! —exclamó la joven cuyos ojos se llenaron de lágrimas—. ¡Sucumbir Juan…! ¿Y vuestros amigos?
—¡Amigos yo, amigos!
Y su actitud era la de un miserable cubierto de oprobio ante la humanidad entera.
—Juan, —repuso la señorita de Vaudreuil—; habéis sufrido horriblemente, y sufrÃs todavÃa. Y lo que hace vuestra situación más dolorosa es no poder… no… no querer confiaros a nadie, ni siquiera a mÃ, que tanta parte tomarÃa en vuestras penas. Pues bien; sabré esperar, y en cambio no os pido más que una cosa, y es que creáis en mi sincera amistad.
—¡Vuestra amistad! —murmuró Juan.
Y dio algunos pasos hacia atrás, como si sólo su amistad hubiese podido empañar la honra de la joven.