Familia sin nombre

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A las cinco ya se había dado el primer asalto. A las seis hubo una suspensión de hostilidades, no para dar el tiempo necesario para sepultar a los muertos, sino para que los vivos cobrasen nuevos bríos, y entonces fue cuando empezaron los brindis en honor de los nuevos esposos y de la familia Harcher en general.

Después empezaron las alegres canciones de boda, pues según antiguas costumbres, en toda reunión, en la comida lo mismo que en la cena, señoras y caballeros tienen por costumbre cantar alternativamente antiguas y alegres canciones francesas, alusivas a la fiesta que se celebra.

Lionel recitó un gracioso epitalamio, compuesto por él para la circunstancia.

—¡Bravo, Lionel, bravo! —exclamó el señor Nick—, que había ahogado en su vaso los fastidios ocasionados por su futura soberanía.

El buen hombre estaba muy orgulloso en su fuero interno por el éxito que obtenía su joven poeta, y propuso un brindis a la salud del galante laureado de la Lira Amical.

Esta proposición fue aceptada con alegría por todos los invitados, y los vasos se chocaron con estrépito, levantados hacia Lionel, feliz y confuso a la par por la ovación que le hacían; así es que se creyó obligado a responder al brindis de su principal con otro concebido en estos términos:


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