Familia sin nombre

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—Ningún sendero seguiré, como no sea el de la paz, maldito muchacho, y vas a hacerme el favor de marcharte de esta sala, en la que nada bueno te puede suceder.

—¡Jamás! —exclamó el belicoso poeta.

Y abalanzándose hacia uno de los mahogannis, se apoderó del hacha que colgaba de su cintura.

Cuando Juan se convenció de que sus compañeros estaban muy decididos a rechazar la fuerza con la fuerza, tomó el partido de organizar la resistencia y la resolución de escaparse durante la colisión, porque, cualquier cosa que sucediera ya, no podía comprometer más al cortijero y a sus hijos, puesto que se habían declarado rebeldes a los agentes de la autoridad.

Pero lo que más urgía por el momento era rechazar a Rip y a su destacamento; después se vería lo que más convendría hacer.

Si los sitiadores procuraban romper las puertas de la casa, esto necesitaría cierto tiempo, y antes de que recibiesen refuerzos de Laprairie o de Montreal, agentes y voluntarios podían ser echados fuera de la puerta principal del patio.

Juan, por lo tanto, se decidió a hacer una salida para despejar los alrededores del cortijo.

Tomó, pues, sus disposiciones en consecuencia.


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