Familia sin nombre

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Los sitiadores estaban perdidos sin remedio si algún refuerzo no viniera a sostener a Juan y a sus compañeros, y con mayor motivo porque las municiones iban a faltarles.

De pronto se operó un cambio favorable para nuestros amigos.

Lionel acababa de entrar en la sala, cubierto de sangre a consecuencia de una herida, felizmente poco grave, que le había rasgado un hombro.

El Sr. Nick le vio.

—¡Lionel…! ¡Lionel…! —exclamó—; ¡no has querido obedecerme…! ¡Insoportable muchacho! Y cogiendo de un brazo a su joven pasante, quiso llevarle al cuarto de los heridos.

El muchacho rehusó.

—¡No es nada…!, ¡no es nada! —dijo—. Pero ¿es posible, Nicolás Sagamore, que dejéis sucumbir a vuestros amigos, cuando vuestros guerreros no esperan más que una señal de su jefe para socorrerlos?

—¡No…!, ¡no…! —exclamó el notario—. ¡No tengo derecho para ello…! ¡Tomar partido en contra de la autoridad…!

Y, sin embargo, queriendo intentar un supremo esfuerzo, se precipitó en medio de los combatientes para detenerlos con sus exhortaciones.


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