Familia sin nombre

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Desde el misterioso retiro de Casa Cerrada, en donde vivía con su madre, Juan no cesaba de observar con atención el estado de los espíritus. Durante las seis semanas que iban ya transcurridas, el abate Joann había ido varias veces, en medio de la noche, a conferenciar con su hermano; así es que éste se hallaba muy al corriente de las eventualidades de la política. Lo que él esperaba, como efecto de las tendencias opresivas de las Cámaras inglesas, es decir, la suspensión de la Constitución de 1791, y por lo tanto, la disolución de la Asamblea canadiense, si tal medida se adoptaba, o, la prorrogación de ella en caso contrario, no era todavía más que un proyecto. El joven revolucionario, lleno de ardor, estuvo veinte veces a punto de abandonar Casa Cerrada para recorrer públicamente el condado y excitar a los patriotas, halagado con la esperanza de que los habitantes de las ciudades y del campo se alzarían a su voz, seguro de que todos harían buen uso de las armas de que había provisto a los centros reformistas en su último viaje de propaganda por el San Lorenzo. Los realistas, pensaba él, serían en el primer momento aniquilados por el número, y la autoridad de los opresores terminaría.





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