Familia sin nombre
Familia sin nombre Estas ideas llenaban de desconsuelo a Juan, cuya alma se hallaba bastante lacerada por los desastres tan terribles que acabara de sufrir la causa nacional. Tantas esperanzas concebidas después de la victoria obtenida en San Dionisio, el alzamiento general de los condados, la insurrección ganando terreno en el valle del Richelieu y del San Lorenzo, el ejército realista reducido a la impotencia, la independencia conquistada, y él, Juan, habiendo compensado con gloria el mal hecho a su país por la traición de su padre, ¡todo se había perdido… absolutamente todo!
¿Todo…? Sin embargo, ¿no sería posible emprender de nuevo la lucha? ¿Acaso había muerto el patriotismo en el corazón de los franco-canadienses porque algunos centenares de patriotas habían sido degollados en San Carlos…? No: Juan empezaría de nuevo su obra; lucharía hasta morir.
Aun cuando estaba ya bien entrada la noche, en la ciudad se mezclaban todavía los ruidosos hurras de los soldados con los quejidos de los heridos. Las llamas, con su resplandor siniestro, alumbraban las calles, pues habiendo reducido a cenizas el campamento, se habían apoderado de las casas más próximas, y Juan se preguntaba en dónde se detendría el incendio… ¿Se habría corrido el fuego hasta el extremo del pueblo, y, propagándose las llamas hasta la Casa Cerrada, no encontraría ya a su madre?