Familia sin nombre
Familia sin nombre Esto último fue lo que le decidió a dejar marchar a su madre; pues en cuanto a él, poco le importaban los peligros que podía correr. Dio a Bridget las instrucciones necesarias para que pudiese llegar hasta la casa del juez Froment, y le entregó una esquelita que debía inspirar entera confianza a la joven, con estas solas palabras:
Confiad en mi madre, y seguidla.
Hecho esto, Juan entreabrió la puerta, cerrándola en seguida después de la salida de Bridget, y fue a sentarse de nuevo a la cabecera de la cama donde estaba el señor de Vaudreuil.
Eran poco más de las diez cuando la viuda de Simón Morgaz emprendió el camino, desierto a la sazón.
El frío glacial de las largas noches canadienses, invadiendo toda la campiña, facilitaba la marcha por la dureza del suelo, y Bridget andaba a buen paso, sin miedo, no obstante aquella oscura soledad que la rodeaba; iba impelida por la voz del deber, y había encontrado de nuevo su antigua energía, de la que tantas pruebas tenía que dar aún.