Familia sin nombre
Familia sin nombre Durante su ausencia, ni Juan ni Clary se apartaron un momento del lado del enfermo, que, influido por las circunstancias, se creía ya estar asistido de toda su natural energía, y pensaba que ante el esfuerzo que tendría que hacer para soportar las fatigas de aquel viaje, aunque corto, no le faltaría el vigor físico que fuera menester.
Y ciertamente; algo de reacción se había operado en él, a pesar de su debilidad, muy grande aún, pues estaba pronto a ir desde su carera hasta el camino cuando llegase el momento de abandonar a Casa Cerrada.
Parecía estar seguro, de sí mismo, por algunas horas a lo menos; después sería de él lo que pluguiera a Dios, porque nada le importaba perder la vida, con tal de volver a abrazar a sus amigos, de asegurar la tranquilidad de su hija y de ver a Juan en medio de los franco-canadienses, prontos a emprender una lucha suprema.
No había duda; aquel viaje se imponía. Si el señor de Vaudreuil no había de sobrevivir a sus heridas, ¿qué sería de su hija en Casa Cerrada, sola en el mundo, no teniendo más apoyo que el de una anciana? En la frontera americana, en Swanton, en Plattsburg, hallaría a sus hermanos de armas, a sus amigos más adictos, y entre ellos a uno cuyos sentimientos conocía y aprobaba.