Familia sin nombre
Familia sin nombre Sabía que Vicente Hodge amaba a Clary, y ésta no rehusaría unir su suerte a la da aquel que acababa de arriesgar su vida para salvarla. ¿A qué patriota más generoso y más ardiente hubiera podido ella confiar su porvenir? Ambos eran dignos uno de otro.
Dios mediante, el señor de Vaudreuil tendría las suficientes fuerzas para llegar a ver cumplidos sus deseos; no sucumbiría antes de sentar el pie en aquel territorio extranjero, en donde los supervivientes del partido reformista esperaban el momento oportuno para empuñar de nuevo las armas.
Tales eran los pensamientos que sobrexcitaban al enfermo, mientras que Juan y Clary; sentados a su cabecera, apenas cambiaban alguna que otra palabra.
De vez en cuando se acercaba el joven a una de las ventanas que daban a la carretera, y cuyas puertas de maderas estaban cerradas, para escuchar si algún ruido insólito turbaba los alrededores.
Bridget volvió después de una ausencia de dos horas; había tenido que tratar con varios vecinos del pueblo para la adquisición del vehículo y de un caballo. Al hablar con ellos, según lo convenido, no ocultó su intención de marcharse de San Carlos, cosa que a nadie hubo de sorprender. Lucas Archambault, propietario de una cercana alquería; había consentido en venderle un carro, que, enganchado ya, había de traer a las nueve de la noche delante de la puerta de Casa Cerrada.