Familia sin nombre

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En 1825 éste tenía cuarenta y seis años; era abogado en un país en el que se cuentan más abogados que clientes, así como más médicos que enfermos; vivía, como es consiguiente, con bastante escasez en Chambly, pequeña villa situada en la orilla izquierda del Richelieu, a más de diez leguas de Montreal y al lado opuesto al San Lorenzo.

Simón Morgaz era un hombre resuelto, cuya energía había llamado la atención cuando los reformistas protestaron contra el modo de obrar del Gabinete británico.

Sus maneras francas y su inteligente fisonomía le hacían simpático a todos, y nadie hubiese podido sospechar jamás qué bajo aquel aspecto seductor aparecería un día el más infame de los traidores.

Simón Morgaz era casado.

Su mujer, más joven que él, tenía entonces treinta y ocho años; se llamaba Bridget Morgaz, y era de origen americano, hija del mayor Allen, cuyo valor había podido apreciarse durante la guerra de la Independencia, pues formaba parte de los ayudantes de Washington. Verdadero tipo de la más absoluta lealtad, hubiera sacrificado su vida a su palabra con la serenidad e imperturbabilidad de un Régulo.

En Albany, Estado de Nueva York, fue donde Simón Morgaz y Bridget se conocieron.


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