Familia sin nombre
Familia sin nombre En primer lugar, cuando supo que la tribu se preparaba a dar una gran fiesta en honor suyo, empezó por mandar al diablo a todos sus súbditos, incluso a su pasante.
—Que Nicolás Sagamore se digne escuchar los consejos de un Cara Pálida, —le respondió Lionel.
—¿De qué Cara Pálida hablas tú? —preguntó el Sr. Nick—, que no comprendÃa.
—De vuestro servidor, gran jefe.
—Pues bien: ten mucho cuidado que tu cara pálida no se vuelva de color de remolacha…
Lionel ni siquiera hizo caso de la amenaza, y continuó con más viveza:
—Que Nicolás Sagamore no olvide que le soy muy adicto; que si algún dÃa cayera prisionero de los Sioux, o de los Omeidas, de los Iroqueses o de otros salvajes; si estuviese atado al poste del suplicio, yo serÃa el primero en defenderle de los insultos y de las uñas de las viejas, y yo también el que, después de su muerte, deportarÃa sobre su tumba su pipa y su hacha de guerra.
El pobre notario resolvió dejar que Lionel hablase a su capricho, proponiéndose terminar la conversación de tal modo, que las orejas del pasante llevasen largo tiempo las señales de sus dedos.
Asà es que se limitó a responder: