Familia sin nombre

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El señor de Vaudreuil ocupaba con su hija una casita edificada en el ribazo oriental de la isla, enfrente de Schlosser. Bridget vivía allí con ellos, y si bien no salía nunca de día, lo hacía al anochecer, absorta en el recuerdo da sus dos hijos: Juan, a quien creía muerto por la causa nacional, y Joann, del que ninguna noticia tenía, pensando tristemente que hallaría quizás en las prisiones de Quebec o de Montreal esperando la hora de morir a su vez.

Nadie la vio jamás en aquella casa en donde el señor y la señorita de Vaudreuil le devolvían la hospitalidad, que habían recibido en Casa Cerrada; y no es que la infeliz anciana temiera que la conocieran y le escupieran su nombre a la faz porque ¿quién hubiera, podido, sospechar que era la viuda de Simón Morgaz? Pero la pobre Bridget se avergonzaba de vivir en casa del señor de Vaudreuil, y la abrumaba el afecto que Clary le demostraba, respetándola a la vez como si fuera su madre.

Vicente Hodge acudió a la cita a las ocho de la noche.

Bridget había salido y andaba errante por la isla.

Los dos patriotas se dieron la mano, y el joven se volvió para saludar a Clary que le tendió la suya.

—Tengo que hablaros de cosas serias, mi querido Hodge, —dijo el señor de Vaudreuil.


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