Familia sin nombre
Familia sin nombre Sin darse cuenta de adónde iba, Bridget, andando maquinalmente, llegó hasta el extremo de la isla, y allí, después de detenerse algunos momentos, se preparaba para volver atrás, cuando una claridad que se movía al pie del ribazo llamó su atención.
Sorprendida e inquieta, la desgraciada anciana avanzó hasta las rocas que dominan el río en aquel sitio, y vio a un individuo que movía un farol cuya luz había de verse fácilmente desde Chippewa; y, en efecto, otra luz apareció en el campamento enemigo, respondiendo sin duda a las señales que hacía aquel hombre.
Bridget no pudo contener una exclamación de ira al ver este sospechoso cambio de señales.
De un salto, el hombre del farol, sorprendido por el grito que acababa de oír, subió a las rocas, y, hallándose enfrente de una mujer, alzó vivamente la luz para verle la cara.
—¡A mí! ¡Socorro! ¡A mí!.
—¡Bridget Morgaz! —exclamó.
Sobrecogida un instante en presencia de aquel hombre que sabía su apellido, la pobre mujer retrocedió; pero la voz del que lo pronunció, sin cuidar de disfrazarla, evidenció la personalidad del espía.
—¡Rip…! —balbuceó Bridget—. ¡Rip aquí!
—El mismo soy.
—¡Rip… haciendo el papel del…!