Familia sin nombre

Familia sin nombre

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Cuando su madre hubiera muerto; cuando le hubiese cerrado los ojos y hubiera visto la tierra cubrir aquel ser tan querido, Juan estaba resuelto a huir del país que la rechazaba; desaparecería, y no volverían a oír hablar de él, ni siquiera cuando la muerte le librara a su vez de tantas penas.

Pero las últimas recomendaciones de su madre iban a echar por tierra su proyecto de abandonar la tarea que se había impuesto de rescatar el crimen de su padre.

He aquí lo que le dijo Bridget con una voz tan débil como es la que se tiene cuando se exhala el último aliento:

—Hijo mío, tu hermano ha muerto, y yo voy a morir también, después de haber sufrido mucho. ¡No me quejo!,

—¡Dios es justo…! ¡Era la expiación…! ¡Juan, para que tu obra sea completa, es preciso, que olvides el ultraje que te han hecho! ¡Es preciso que empieces de nuevo tu tarea…! ¡No tienes el derecho de abandonarla! ¡Tu deber, hijo querido, es el de sacrificarte por tu país hasta que caigas…!

No habló más: su alma había abandonado aquel cuerpo en cuya compañía tanto hubo de sufrir.

Juan besó el rostro de su madre y cerró aquellos ojos que tanto habían llorado.


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