Familia sin nombre
Familia sin nombre Cuando anocheció, noche muy oscura, apenas alumbrada por el blanco de la nieve, Juan dejó la cabaña en que yacía el cuerpo de Bridget, y a algunos centenares de pasos, debajo de los árboles cubiertos de carámbanos, abrió una fosa con su ancho cuchillo canadiense. Solo en la orilla de un bosque, perdido en la oscuridad; nadie podía verle, ni nadie sabría jamás en dónde reposaba el cuerpo de Bridget Morgaz, porque ninguna cruz indicaría su tumba. Si Joann descansaba en algún rincón desconocido al pie del fuerte de Frontenac, su madre por lo menos sería sepultada en el suelo de los Estados Unidos, en donde había nacido; y él, Juan se haría matar en la próxima refriega, el Niágara arrastraría su cadáver con otros muchos hacia las cataratas, y no quedaría ni el recuerdo de la familia Morgaz.
Cuando la fosa fue bastante profunda para que el cadáver no pudiera sacarse por las fieras, Juan volvió a la cabaña, tomó el cuerpo de Bridget entre sus brazos, lo llevó debajo de los árboles, y después de dar un último beso en la frente de la muerta, la depositó en la tumba, envuelta en su capa de tela del país y la cubrió de tierra. Después, arrodillándose, rezó, y sus últimas palabras fueron éstas:
—¡Descansa en paz, pobre madre!
La nieve, cayendo en tupidos copos ocultó el sitio en que dormía el sueño eterno la que después de una vida de horrorosos sufrimientos, no existía ya.