Familia sin nombre

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La noche había llegado; ningún ruido turbaba aquella profunda soledad; espesas nubes cubrían el cielo y amenazaban trasformarlas en niebla. Ni un soplo de aire movía la atmósfera; solamente se dejaban oír a lo lejos, y de vez en cuando, los aullidos de las fieras. Una densa nieve empezó a caer.

El frío se hizo tan vivo, que Juan fue a buscar un poco de leña, que encendió cerca de la abertura de la cueva para que el humo saliera fuera.

Bridget, tendida en un lecho de hierbas que Joann había amontonado, estaba siempre inmóvil. La poca vida que le quedaba se traslucía por una penosa respiración, entrecortada por largos y dolorosos suspiros. Mientras que Joann tenía entre las suyas la mano de su madre, Juan se ocupaba en alimentar la fogata para mantener la temperatura a un grado soportable.

Simón Morgaz acurrucado en el fondo, medio echado, en una actitud desesperada, como si tuviese horror de sí mismo, no se movía siquiera, y los reflejos de la llama alumbraban su fisonomía convulsa.

Después, la llama se apagó poco a poco, y Juan sintió que sus ojos se cerraban, a pesar suyo.

¿Cuántas horas quedó adormecido? No hubiera podido decirlo; pero cuando se despertó, vio que las últimas brasas iban a apagarse.


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