Familia sin nombre

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Despachar no es tal vez la palabra adecuada al absorbente trabajo a que se hallaba entregado en aquel momento (nueve de la mañana) el segundo pasante Lionel Restigouche, cuya veloz pluma iba dejando en pos de sí una serie de líneas desiguales y de letra muy menuda, que no es parecía en nada a la que se usa en las actas notariales. En algunos momentos, cuando la mano de Lionel descansaba para, fijar alguna idea indecisa, su mirada se dirigía vagamente por la entreabierta ventana hacia la columna levantada en medio de la plaza de Santiago Cartier, en honor de almirante Nelson. Sus ojos se animaban entonces, su frente se ponía radiante y su pluma empezaba de nuevo a correr sobre el papel, mientras que movía ligeramente la cabeza, como si hubiera llevado el compás bajo la influencia de un ritmo regular.

Lionel, tenía apenas diecisiete años; su cara, casi femenil todavía, de tipo enteramente francés, era encantadora, con sus cabellos rubios, algo largos tal vez, y unos ojos azules cómo el agua de los grandes lagos canadienses.

No tenía ni padre ni madre, pero puede decirse que el Sr. Nick le servía de ambos, pues este estimable notario le quería como si fuera hijo suyo. Lionel se hallaba solo en el bufete.


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