Familia sin nombre
Familia sin nombre En aquella hora los demás empleados estaban ocupados en varias diligencias fuera de la casa, y ningún cliente se habÃa presentado todavÃa, a pesar de que el estudio del Sr. Nick era uno de los más frecuentados de la ciudad.
Asà es que Lionel, casi seguro de que no vendrÃan incomodarle, estaba muy tranquilo, y acababa de adornar su nombre con una magnÃfica rúbrica debajo del último renglón, cuando oyó que le interpelaban:
—¡Eh! ¿Qué haces ahÃ, muchacho?
Era el Sr. Nick, a quien el joven pasante no habÃa oÃdo llegar, absorto como estaba en su trabajo de contrabando.
El primer movimiento de Lionel fue el de abrir la cartera que tenÃa delante para deslizar en ella el papel de que se trata; pero el notario se apoderó con presteza del pliego sospechoso, contra la voluntad del muchacho, que procuraba en vano recuperarlo.
—¿Qué es esto, Lionel? —preguntó—. Una minuta… una copia de contrato…
—Sr. Nick, creed que…
El notario se puso las gafas, y con el ceño arrugado recorrió la hoja de papel con aire estupefacto.
—¡Qué es lo que veo! —exclamó—. Renglones desiguales… blanco por un lado… blanco por el otro… ¡Tanta tinta desperdiciada y tan buen papel gastado sin provecho en márgenes inútiles!