Familia sin nombre
Familia sin nombre —Sr. Nick, —respondió Lionel ruborizándose hasta las orejas—; esto se me ha ocurrido… por casualidad.
—¿Qué es lo que se te ha ocurrido por casualidad?
—Esos versos.
—¡Versos…! ¿Haces versos ahora? ¿No basta acaso la prosa para redactar un acta?
—Es que no se trata de un acta, señor Nick.
—¿De qué se trata, pues?
—De una poesÃa que he escrito para el concurso de la Lira Amical.
—¡La Lira Amical! —exclamó el notario—. ¿Imaginas acaso, Lionel, que es para figurar en el concurso de esa Sociedad parnásica, o de otra cualquiera, por lo que te he admitido en mi estudio? ¿Es para que te entregues a tus ardores poéticos por lo que te he nombrado mi segundo pasante? Entonces, tanto vale que pases el tiempo remando en una canoa en el San Lorenzo, o que pasees como un dandy por las calles de Montreal o por el parque de Santa Elena. ¡Vaya, vaya! ¡Un poeta en el Notariado! ¡Una cabeza de pasante con una aureola! Esto es lo bastante para que huyan todos los clientes.