Frritt-Flacc
Frritt-Flacc Sube, llega a la puerta de la habitación de arriba. Por debajo se filtra una débil claridad, como en el Seis-Cuatro. ¿Es una alucinación? A la vaga luz reconoce su habitación, el canapé amarillo, a la derecha el cofre de viejo peral, a la izquierda el arca ferrada donde pensaba depositar sus ciento veinte fretzers. Aquà su sillón con orejeras de cuero, allà su mesa de retorcidas patas, y encima, junto a la lámpara que se extingue, su Códex, abierto en la página 197.
—¿Qué me pasa? —murmuró.
¿Qué tiene? ¡Miedo! Sus pupilas están dilatadas, su cuerpo contraÃdo. Un sudor helado enfrÃa su piel, sobre la cual siente correr rápidas horripilaciones.
¡Pero apresúrate! ¡Falta aceite, la lámpara va a extinguirse, el moribundo también!
¡SÃ! Allà está el lecho, su lecho de columnas, con su pabellón tan largo como ancho, cerrado por cortinas con dibujos de grandes ramajes. ¿Es posible que aquélla sea la cama de un miserable hornero?
Con mano temblorosa, el doctor Trifulgas agarra las cortinas. Las abre.
Mira.
El moribundo, con la cabeza fuera de las ropas, permanece inmóvil, como a punto de dar su último suspiro. El doctor se inclina sobre él…
¡Ah! ¡Qué grito escapa de su garganta, al cual responde, desde fuera, el siniestro aullido de su perro!